sábado, 10 de enero de 2009


- ¡Vengan! ¡Corran ya!

Los disparos venían desde abajo de la colina, eran rifles, nos encogíamos y escuchábamos un leve silbido pasajero por encima de nuestras cabezas, unos se encogían menos y caían ahí, en el suelo, quedaban todos sin vida ya, con los ojos blancos y la boca abierta, el rostro sucio y las manos abiertas. Los que sí nos salvamos, nos metimos en la cueva azul, había minerales y agua entre tantos y tantos otros pasos, el reflejo del agua sobre los cristales y el techo nos hacía perdernos y separarnos, pronto, cada uno estuvo solo y acompañado por su reflejo. Los disparos los seguíamos escuchando, y ahora menos solos estábamos, con por aquel trecho tan estrecho en el que todo resonaba, y cada disparo era como mil cañones acechando nuestros talones, mordisqueando nuestras prendas. De pronto, Manuel grito:


- ¡Ay me dieron, cabrones! ¡Hijos de puta!


Yo corrí a la voz, todos lo hicimos, Manuel era capitán y guía para todos, y no lo dejaríamos así, y así como por instinto, llegamos a una parte amplia en la cueva, allí había de todo tipo de cristales raros, pero no había Manuel verdadero, sólo reflejos de entre todos y la voz de nuestro capitán, ya bien adentrados, nos vimos entre un punto en el cual, distintos caminos llegaban,


- ¡Ay!


Corrimos aún más, todos con los rifles y las pistolas aferradas al cinturón y a los brazos, después de eso, la balacera, todos tirados, ensangrentados y llorosos, allá al fondo, estaba el capitán, sanito y salvo como siempre, con los rifles, con aquellos de abajo en la colina, de pronto el capitán desenfundó y me dejo en el suelo bien molido y lleno de sangre.


- ¡Ay!


Y sólo eso pude decir.

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