
Ironías filosóficas.
Gustavo Almanza
Estaba yo, en el año 590 a.C., en la antigua roma, en la época de los siete sabios, entre ellos, mi maestro era Tales de mileto, y como estudiante suyo, en su escuela Jónica, aprendí muchas cosas; nunca creí en él y sus teorías mitológicas, ni en sus respuestas que nos llevaban a las cuestiones de dioses; es más, pensaba que su pensamiento era retrogrado.
¿Será ilógico esto? Soy uno de sus pupilos más devotos y metidos en sus enseñanzas.
En verdad lo odio, y por eso estoy aquí; Él sabe, no tanto, pero sabe, y tiene fama de saber entre todo el mundo, es más su leyenda que lo que él en verdad es.
Así he estado con él, a su regazo, a su sombra por unos 20 años, escuchando toda la tontería que tenía que decir. Sinceramente, fui superior a él, así escribí una teoría del agua, la intente compartir, pero en cuanto supo que era de la vida, no le importo, sacó una de sus teorías tontas sobre la mitología, y seguramente lo olvidó pronto. Ven, en verdad era un idiota. Por ello, acudí con otros filósofos una noche, y les presente mi teoría, la cual decía que todo necesitaba del agua para poder vivir. La presente como proyecto de Tales… No les gusto nada, en verdad estuvieron en desacuerdo, pero no dijeron nada más.
A la próxima semana, le induje la idea a mi maestro poco a poco, dejando pruebas entre sus libros, entre sus notas, como si fueran suyas, al poco tiempo, pensó que eran suyas. Y llego a la misma teoría que yo había desarrollado, tal y como lo esperé, en verdad creí que era un idiota, pero no tanto como para no poder aprender esto.
Propuso de nuevo la teoría sin saber que los filósofos ya sabían, “pobre tonto”, los filósofos respondieron con negatividad, él enfurecido y lleno de orgullo por el rechazo de tan magnífica idea, regreso a su escuela a encerrarse en su estudio; fue así este, mi momento para aprovechar.
Llegué con él y tuvimos el siguiente diálogo:
- Maestro, en cuanto escuché lo sucedido vine.
- Si lo sé hijo mío, es una verdadera desgracia. ¡Filósofos tercos, no escuchan ni saben nada!
- Pero maestro, a eso podemos hacerle algo, tengo una idea.
- ¿Cuál hijo?
- Usted dice que el agua es fundamento de toda vida, así que no beba agua por unos cuantos días, los cambios en usted convencerán a los filósofos.
- Me parece interesante, lo intentaré.
A esto, tales de mileto convencido de que podría cambiar la opinión, de aquellos tercos hombres, dejo de tomar agua, y entre menos le creían, menos agua bebía, al poco tiempo, murió.
Gustavo Almanza
Estaba yo, en el año 590 a.C., en la antigua roma, en la época de los siete sabios, entre ellos, mi maestro era Tales de mileto, y como estudiante suyo, en su escuela Jónica, aprendí muchas cosas; nunca creí en él y sus teorías mitológicas, ni en sus respuestas que nos llevaban a las cuestiones de dioses; es más, pensaba que su pensamiento era retrogrado.
¿Será ilógico esto? Soy uno de sus pupilos más devotos y metidos en sus enseñanzas.
En verdad lo odio, y por eso estoy aquí; Él sabe, no tanto, pero sabe, y tiene fama de saber entre todo el mundo, es más su leyenda que lo que él en verdad es.
Así he estado con él, a su regazo, a su sombra por unos 20 años, escuchando toda la tontería que tenía que decir. Sinceramente, fui superior a él, así escribí una teoría del agua, la intente compartir, pero en cuanto supo que era de la vida, no le importo, sacó una de sus teorías tontas sobre la mitología, y seguramente lo olvidó pronto. Ven, en verdad era un idiota. Por ello, acudí con otros filósofos una noche, y les presente mi teoría, la cual decía que todo necesitaba del agua para poder vivir. La presente como proyecto de Tales… No les gusto nada, en verdad estuvieron en desacuerdo, pero no dijeron nada más.
A la próxima semana, le induje la idea a mi maestro poco a poco, dejando pruebas entre sus libros, entre sus notas, como si fueran suyas, al poco tiempo, pensó que eran suyas. Y llego a la misma teoría que yo había desarrollado, tal y como lo esperé, en verdad creí que era un idiota, pero no tanto como para no poder aprender esto.
Propuso de nuevo la teoría sin saber que los filósofos ya sabían, “pobre tonto”, los filósofos respondieron con negatividad, él enfurecido y lleno de orgullo por el rechazo de tan magnífica idea, regreso a su escuela a encerrarse en su estudio; fue así este, mi momento para aprovechar.
Llegué con él y tuvimos el siguiente diálogo:
- Maestro, en cuanto escuché lo sucedido vine.
- Si lo sé hijo mío, es una verdadera desgracia. ¡Filósofos tercos, no escuchan ni saben nada!
- Pero maestro, a eso podemos hacerle algo, tengo una idea.
- ¿Cuál hijo?
- Usted dice que el agua es fundamento de toda vida, así que no beba agua por unos cuantos días, los cambios en usted convencerán a los filósofos.
- Me parece interesante, lo intentaré.
A esto, tales de mileto convencido de que podría cambiar la opinión, de aquellos tercos hombres, dejo de tomar agua, y entre menos le creían, menos agua bebía, al poco tiempo, murió.
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